Cine – Blackthorn, vaqueros sin hacer el indio

La mitología del cine avanza montada a lomos de un caballo. Así como la mitología teatral nació entre las nubes que rodean el monte Olimpo, el cine como ahora lo conocemos surgió al calor de tres grandes géneros: el musical, el de gangsters y, nos guste o no, el western. Al menos eso dice Martín Scorsese en el documental A personal walk through american movies. Podrán discutir lo de los musicales y los mafiosos, pero viendo cómo están TDT y autonómicas por la tarde, la influencia de las películas de vaqueros es innegable.

Sabiendo que son mitología del propio cine es como podemos comprender que las leyendas sobre la fundación de Estados Unidos hayan causado y causen tanta fascinación en los espectadores de todo el mundo. También por eso, no es absurdo que un director español como Mateo Gil pueda saltar de la Semana Santa sevillana al Butch Cassidy de Blackthorn. Sin destino, sin pasar por la casilla de salida.

De entre los héroes del western, Gil rescata al mítico compañero de Sundance Kid para revelar que ninguno de los dos murió al final de la película de George Roy Hill con Robert Redford y Paul Newman. Tras huir del ejército boliviano, el Cassidy de la película es un señor mayor que cría caballos en el altiplano y que quiere volver a Estados Unidos antes de morir. La película se complica cuando se cruza con el personaje de Eduardo Noriega, que se empeña en ser actor. Me refiero a Noriega; el conflicto de su personaje es que ha robado una mina.

Entre las favoritas a los premios Goya de este año, Blackthorn tiene muchas cosas buenas y unas cuantas malas. Y como me pasa igual que el guionista, que no tenía ganas de pensar una estructura, haré los comentarios siguiendo la lista de categorías en las que es candidata y en las que no.

Mejor dirección de fotografía. Las postales de espacios naturales bonitos suelen ser el ticket de entrada para esta categoría. Los impresionantes paisajes de Bolivia y la belleza con la que están retratados son uno de los puntos a favor de la película.

Cabalgada en Blackthorn

Imágenes llenas de significado. Esta, por ejemplo, quiere decir: “he  visto La diligencia.

Mejor diseño de vesturario, mejor maquillaje y/o peluquería, mejor dirección artística y mejor dirección de producción. En una película de época, muy mal lo tienes que hacer para no entrar en estas candidaturas. De todas formas, hay que reconocer que la ambientación es creíble y nadie parece recién salido de los chinos para una fiesta de disfraces.

Mejor sonido y música original. Solo por hacer que se entiendan los diálogos de Noriega y de un americano farfullando español de vez en cuando, en mitad del desierto, hay que reconocer el mérito del equipo de sonido. La música también juega con el género sin parecer una parodia y llevo varios días sin quitarme de la cabeza la cancioncilla folk que canta el protagonista. Les odio por ello, pero les concedo el mérito.

Mejor montaje. Se lo han montado muy bien para hacer una película así en la industria española, claro que sí.

Mejor guión original. Original sí es, porque no hay quien lo entienda. Ni estructura, ni justificación para casi ninguna decisión de los personajes, giros de guión patilleros… Y sin embargo, quizá por la propia mística del género, no se lleva mal. Entretiene, aunque también es perfecto para la hora de la siesta. Porque aunque te duermas un rato no estarás más desorientado al despertar que quien la haya seguido todo el rato.

Mejor actor. Ni Sam Shepard ni Eduardo Noriega aspiran a estatuilla. La dura competencia de este año, lo endeble del guión y que no tendrá muchos amigos en la Academia explican la ausencia del americano. Lo que no se explica es lo de Noriega: ni el papel le va, ni es capaz de defenderlo con el carisma necesario.

Sam Shepard apunta con un revólver a Eduardo Noriega en una escena de Blackthorn

 Imagen tomada con cámara oculta en un descanso del rodaje.

Mejor dirección. Algo bueno ha tenido que hacer Mateo Gil para que de los mimbres más bien endebles con los que contaba salga una película más o menos sólida y que se deja ver. Sortea los obstáculos con cierta elegancia y demuestra que el cine de oficio es lo que hace falta en España. Todos los años lo demuestra alguien, pero seguimos sin tenerlo claro.

Mejor película. Salir airosos del riesgo de enfrentarse a un western sin espaguetis ya es mérito suficiente. No es una obra maestra y no pasará a la historia, pero tampoco lo pretende. A pesar de todo, transmite amor por el cine y gusto por un género al que volveremos una y otra vez como regresamos a casa a ver a nuestras familias.

Y hasta de la comida de Navidad sacamos algo bueno siempre, ¿no?

Series TV – Smash, dando la nota con el musical

Juzgar una serie por su capítulo piloto es como juzgar un libro por su cubierta”. Frase atribuida a la poco reconocida sabiduría del actor John Stamos, el tío Jesse de Padres forzosos. Es normal que su sabiduría esté poco reconocida porque no se deja ver muy a menudo, pero yo uso esta frase suya casi tan a menudo como “no es lo que parece”. Si os preguntáis por qué tengo que usar esta tantas veces solo puedo deciros que no es lo que parece.

Hay capítulos piloto que no dejan entrever la grandeza del desarrollo de la serie, como ocurre con The wire. Otros gastan tanta pirotecnia que luego no queda nada con lo que sorprender en los siguientes episodios, como pudimos ver en FlashForward. La última categoría es la de los que no dejan una sensación clara, como me ha ocurrido a mí con Smash.

Normalmente esperaría un par de entregas más para tener las ideas más claras antes de hacer ningún comentario, pero el hype me lo impide. Quien no sepa lo que es el hype, además de alegrarse por ser una persona normal, puede traducirlo por “promocionar a bombo y platillo” y es frecuente usar la expresión para referirse a productos que no están a la altura de la expectación creada por la industria o la crítica especializada. Por ejemplo, cada vez que una serie ha sido promocionada como “la nueva Perdidos” o “la nueva Friends”.

Expliquemos las razones del hype de esta serie que, siendo correcta, algunos nos presentan como la gran salvación de la temporada. En primer lugar, Smash es un musical. Con lo que la gente en general detesta los musicales, los aficionados al género tendemos al sobreesfuerzo a la hora de recomendarlos. En este caso se facilita la integración de las canciones por el hecho de que el argumento gira en torno a cómo se produce un musical para Broadway. Un musical sobre Marylin, por si hacía falta más hype mitómano.

Megan Hilty en Smash

Sobre Florinda Chico descuida que no hacen musicales.

Su mayor baza a la hora de justificar la música puede ser el mayor peligro en cuanto a desarrollo de la trama y los personajes. En el piloto ya pudimos ver varios tópicos del retrato de esta industria como el del director tan genial como tiránico y mujeriego o la honrada y pobre chica inocente que sueña con triunfar sin traicionarse a sí misma. Hay algo en mí que desearía que en lugar de una Cenicienta nos hubieran presentado una tronista de Hombres y Mujeres y Viceversa. Al menos habría habido sorpresa.

Queda mucho por ver, claro, pero el piloto apunta a una serie que se mueve dentro de los límites del camino marcado. Si la comparación con Glee es inevitable, Smash sale perdiendo porque al menos los chicos del coro tuvieron una primera temporada trasgresora llena de embarazos adolescentes, intentos de adulterio y chantaje emocional. Los tópicos aparecían en los primeros capítulos como material de parodia y no se tomaban a sí mismo en serio. Por otra parte, es cierto que Glee acabó como un karaoke diseñado para vender versiones de canciones famosas en iTunes y la nueva propuesta de la NBC cuenta con buenas canciones originales.

 

Katherine McPhee en Smash

Katherine McPhee ganó American Idol antes de salir en Smash. Es como si aquí Angy participara en una se… oh, vaya.

Como su propio nombre indica, Smash ha entrado en la parrilla haciendo mucho ruido. La audiencia de su estreno lo convierte en uno de los mejores del año. Algo tendrá que ver que fuera después del arranque de la segunda temporada de The voice, emitido a su vez a continuación de la Super Bowl. Para entendernos, es como programar algo consecutivo la primera gala de Operación Triunfo 2, si esta hubiera sido después de un Madrid-Barça. Hubiera hecho buenos datos hasta Pueblo de Dios.

Una vez libres del efecto hype, que cada cual vea la serie y saque sus propias conclusiones o que espere a ver qué digo de los próximos capítulos en Twitter. Los tópicos de la presentación aún pueden subvertirse o jugarse con cierta gracia, los conflictos pueden explotar con intereses aún no entrevistos y quizá los actores lleguen a convencernos de que lo son. Aunque, por soltar la última colleja, muchos lo tendrán difícil.

Como siempre, os dejo con el trailer, capaz de justificar el hype por sí mismo:

Cine – Atrapado en el tiempo, otra vez la marmota

En las listas de las mejores películas de todos los tiempos, los críticos de cine suelen repetir una y otra vez títulos como Ciudadano Kane o El acorazado Potemkin. Obras maestras, sin duda, que merecen el revisionado constante desde el más riguroso academicismo. Pero si nos dijeran que solo vamos a poder ver la misma película, repetida, cada día de nuestra vida, la primera que nos vendría a la mente es Atrapado en el tiempo.

Cuando algo se repite con demasiada frecuencia hablamos del día de la marmota, ese es el impacto popular que ha tenido la película encabezada por Bill Murray. En ella seguimos la historia de un hombre del tiempo snob y pagado de sí mismo que es enviado a cubrir, precisamente, el día de la marmota en la ciudad de Punxsutawney, una tradición popular americana que dice que si el dos de febrero el bicho ve su propia sombra, el invierno durará seis semanas más. Ríete tú del pulpo Paul. En realidad, lo que dura más de lo previsto es el día en sí, ya que cada mañana el protagonista vuelve a despertar en ese dos de febrero que se repite sin cesar.

La marmota y Bill Murray en Atrapado en el tiempo

Se dice que le mordió dos veces, aunque puede ser que en realidad mordiera a dos marmotas diferentes.

Estrenada en 1993, está en nuestro recuerdo como una de esas películas ochenteras que recordamos con tanto cariño. A la presencia de Bill Murray delante de las cámaras se suma detrás de ellas la de Harold Ramis, uno de sus compañeros en Cazafantasmas. Ramis también es el guionista de las dos entregas y de otras sagas clásicas como Los incorregibles albóndigas, o Una terapia peligrosa, también dirigidas por él.

Más allá de los nombres, o quizá gracias a ellos, flota sobre todo el espíritu de la comedia familiar mezclada con algún elemento sobrenatural que pasa porque sí. Esa inocencia o cara dura de las tramas fantásticas que ocurrían sin buscarles complicadas justificaciones pseudocientíficas o pararreligiosas: de todos es sabido que en los 80 las mascotas no podían mojarse ni comer después de medianoche, que la adolescencia despertaba a los hombres lobo y que los condensadores de fluzo fluzeaban. Eso era así y punto.

Sin dejar de ser una película pequeña y con pocas pretensiones, la relevancia de Atrapado en el tiempo ha sido tremenda. En el ámbito cinematográfico se ha colado silenciosamente en posiciones muy elevadas de muchos los rankings de las películas más importantes de todos los tiempos. La Junta Nacional de Conservación de Cine de Estados Unidos la ha elegido para ser conservada en la Biblioteca del Congreso. Seguramente no pase lo mismo con El árbol de la vida*.

Bill Murray y Stephen Tobolovsy en Atrapado en el tiempo

Bill Murray, con cara de acabar de ver una película de Terrence Malick.

También es divertido seguir las discusiones filosóficas y religiosas en torno al bucle temporal del meteorólogo Phil. A los budistas les parece una perfecta metáfora del ciclo de la reencarnación, los católicos creen que el purgatorio puede entenderse como Punxsutawney y los judíos dicen las malas lenguas que son dueños de la mitad de Hollywood, así que les parece todo muy bien. Al que le parezca exagerado, debe sabar que entre las múltiples influencias del guión se encuentra un ensayo de Nietzsche, el único autor al que se le ha hecho más corta y pega con el nombre que con lo que escribe.

La magia de esta película está en el consenso positivo y el buen sabor que deja a todos los que la han visto alguna vez. Porque en las listas de las mejores películas de todos los tiempos, los críticos de cine suelen repetir una y otra vez títulos como Ciudadano Kane o El acorazado Potemkin. Obras maestras, sin duda, que merecen el revisionado constante desde el más riguroso academicismo. Pero si nos dijeran que solo vamos a poder ver la misma película, repetida, cada día de nuestra vida, la primera que nos vendría a la mente es Atrapado en el tiempo.

*Hostia gratuita, lo sé.

Series TV – 30 Rock, tu serie amiga

Hay series de televisión que son como amigos. Algunas porque te conducen irremediablemente al alcoholismo, pero casi todas por la forma que tenemos de reaccionar cuando nos reencontramos con ellas después de mucho tiempo. Cuando pasamos unos meses sin verlos, hay conocidos que en el reencuentro empiezan a hablar y lo que están diciendo o nos suena totalmente alienígena o ya no nos produce interés. Pasa mucho con los ex colegas de trabajo y con los que solo hemos conocido borrachos, valga la redundancia.

También hay otro tipo de amistad, esa por la que no pasan los años ni las ausencias. Esas personas que un día, sin venir a cuento, echas de menos y que cuando te vuelves a encontrar te hacen retomar la risa allí donde la habías dejado. Son amigos 30 Rock o amigos Rockefeller Plaza.

Hay quien parece que quiere ver baches y bajones, pero 30 Rock sigue manteniéndose fresca como el primer día. El retraso de su vuelta esta temporada por el embarazo de su protagonista y creadora, Tina Fey, tenía a los fans si no impacientes, al menos sí inquietos. Como cuando hace mucho que no vemos a un presidente del Gobierno y nos preguntamos qué estará haciendo. Pero en bien.

Con más de cinco años en antena y un buen fardo de premios a sus espaldas, la poca repercusión y la mala programación que ha tenido en nuestro país hace que muchos desconozcan esta pequeña joya del humor. En resumen, es una sitcom sobre el equipo de un programa de sketches tipo Saturday Night Live, con sus guionistas frikis, sus actores desquiciados y su ejecutivo de la cadena que haría parecer a Reagan y Thatcher una pareja de perroflautas.

Reparto de 30 Rock

También hay un tipo rubio que según los diálogos es un “paje” de la cadena.

El comienzo de la sexta temporada demuestra que siguen en plena forma. Lo normal en las series es que después de varias temporadas, todos los personajes se hayan enamorado entre sí, que haya habido momentos ñoños y que la esencia se haya diluido en un torbellino más o menos culebronesco. Lo vimos en Cheers, en Friends y en Salvamé.

El truco es que 30 Rock no es en realidad una serie, sino un programa de sketches. Comparado con su número de chistes y dobles sentidos por minuto, Los Simpson son un dramón de chejoviano. Es un estilo de humor muy americano, basado en la acumulación. El referente más cercano no es, por decir una comedia sobre el mundo de la comunicación, Murphy Brown. Es más bien Saturday Night Live, programa del que Tina Fey fue jefa de guionistas y con el que comparte en la producción a Lorne Michaels.

De esa herencia viene también el gusto por colar chistes sobre la actualidad y el desfile constante de cameos de famosos. La serie crece cuando aparecen riéndose de sí mismos personajes como Ophra Winfrey, Aaron Sorkin o Al Gore, prestándose a su humor a veces absurdo y surrealista. También cuando se burla no ya de sus invitados, sino de sus anfitriones: las puyas a la NBC con caricaturas de sus formatos o de sus cifras de audiencia de los últimos años son otra constante. Y como aquí todo el mundo recibe, la nueva temporada arrancó con la parodia del escándalo causado por uno de sus actores, Tracy Morgan, a raíz de unos chistes presuntamente homófobos durante un monólogo.

Cameos masivos en 30 Rock

Los cameos también funcionan por acumulación.

Por si los argumentos objetivos siguen sin convencer a alguien, me dejo de historias: a Tina Fey hay que amarla sobre todas las cosas. La química que ha conseguido su personaje de Liz Lemon con el Jack Donaghy de Alec Baldwin no tiene nada que envidiar a grandes parejas de la comedia como otro Lemon, Jack y Walter Matthau, James Dean y Jerry Lee Lewis o Eduard Punset y una barra de pan de molde.

Hay series de televisión que son como amigos, que parece que no hay forma de no acabar enrollándose. Así que mejor lo dejo y por lo menos yo no me enrollo más.

Cine – Fuga de Alcatraz, cine sin escapatoria

Hay dos sitios de los que nadie ha logrado escapar jamás. Uno es la cárcel de Alcatraz y el otro es el interior de una manta una tarde de invierno en la que hay una buena película en el televisor. Aunque es posible que haya excepciones.

Como hace Antena 3 cada semana, hoy propongo una sesión de peli y manta basada en hechos reales: La fuga de Alcatraz. Por una vez, el título no engaña: bajo la dirección de Don Siegel, Clint Eastwood interpreta a un recluso del mítico penal que traza un arriesgado plan de fuga para él y otros compañeros.

Con una trama tan sencilla, la película se puede centrar en construir otras cosas, sobre todo el ambiente de la cárcel. Por supuesto, la recreación de Alcatraz es perfecta. Ayuda que gran parte del metraje se rodara en escenarios naturales. Por otra parte, la necesidad de una buena ambientación no es solo artística, también viene de que la isla y su complejo constituyen un parque nacional en Estados Unidos. Igual que aquí quien más quien menos conoce Segovia por las excursiones de la parroquia, los americanos tienen una idea muy clara de cómo era la prisión.

 Carod Rovira mira a Clint hacer pesas durante una excursión en pleno rodaje.

Los decorados no son lo más importante, en cualquier caso. Lo interesante es como el propio ritmo del relato nos introduce en el día a día de los presos y nos pone de su parte. Por ejemplo, los puntos de giro tardan mucho en aparecer. Los puntos de giro son esos acontecimientos que hacen que la historia tome un nuevo rumbo: resulta que la chica estaba casada, la muerte de unos tíos que hacen que el héroe se pueda ir de viaje interestelar con un señor mayor que va en albornoz… esas cosas.

En este caso, la preparación del plan de fuga aparece casi a mitad de la película y no es casual. Los espectadores estamos esperando que se ponga en marcha, que empiecen a ocurrir cosas, pero al fin y al cabo se trata del retrato de la vida en una prisión y el tiempo pasa a un ritmo diferente. Esa morosidad nos pone definitivamente en la piel de los presos que, según la intención del alcaide, solo pueden dedicarse a dejar pasar el tiempo.

Esto no significa que no pase nada hasta entonces. La primera parte de la película va sembrando todos los elementos que después formarán parte tanto de la huída como de los obstáculos para alcanzarla. También nos muestra la rutina de los internos y la deshumanización a la que están sometidos. Si la audiencia tenía dudas de ponerse de parte del personaje de Clint Eastwood, se le pasan después de verle en la celda de castigo y de ser testigos de las arbitrariedades del alcaide. Los funcionarios públicos solo llegan a tal nivel de villanía en las cárceles cinematográficas y en los discursos de Esperanza Aguirre.

 Una vez puesto en marcha, el plan de fuga nos sorprende a los espectadores modernos por su ingenio. Hoy en día, que todo se soluciona con el amigo hacker del protagonista y un par de buenas explosiones, somos testigos de unas estratagemas que pondrían verde de envidia al mismísimo MacGyver. Y lo mejor es que saber que está basado en hechos reales, que realmente alguien se enfrentó así al sistema.

 Clint valora si es mejor fugarse o darle un mascao al alcaide.

Además de como drama carcelario, la película funciona como cinta de suspense y se nota la mano firme de Don Siegel como director. Que sepamos o intuyamos lo que va a pasar en el conjunto de la película, no impide que saltemos en el sofá cada vez que un guardia está a punto de destapar el plan de los protagonistas.

Pero por encima de cualquier otro elemento de la película está Clint Eastwood. Quizá no sea el mejor actor de la historia, pero es capaz de decir mucho más con un leve temblor de la comisura de la boca que algunos histriones oscarizados con interpretaciones que más bien parecen lecciones de capoeira.

El carisma del bueno de Clint da personalidad hasta el personaje más plano y engancha al espectador desde el primer plano en la prisión. Puedes cambiar de idea durante el trayecto en barco desde el muelle de San Francisco, pero si llegas a Alcatraz con él, estás atrapado.

Series TV – Alcatraz, volver a la Isla

Una isla de la que nadie puede escapar, viajes en el tiempo, flashbacks, personajes cargados de misterios y un tipo gordo. Podría ser Perdidos, podría ser el caso de Megaupload, pero es Alcatraz.

Quienes lleven dos años esperando la reencarnación de Lost y buscándola en cada nuevo estreno, llámese Flashforward, El barco o La duquesa, sentirán un agradable cosquilleo de dejà vu con la nueva propuesta de J.J. Abrams. Más por el tono que por el argumento en sí, según el cual, Alcatraz no habría cerrado por recortes presupuestarios, sino porque todos sus reclusos desaparecieron inexplicablemente. Aviso: la ciencia-ficción no es que los recortes fueran mentira, sino lo otro.

El detonante es que los convictos desvanecidos comienzan a aparecer en la actualidad para seguir con sus cosas de criminales. Un grupo secreto del Gobierno con una policía y un friki experto en la historia de la mítica penitenciaría les perseguirán para hacerles cumplir unas nuevas penas de prisión permanente revisable como Diso manda.

Lo que más se comentó en Internet del piloto fue el escote de la protagonista, interpretada por Sarah Jones. Lo segundo, las reminiscencias a tres grandes mitos: la ya mencionada Perdidos, Fringe y Expediente X. A las aventuras de Mulder y Scully debe mucho el tono, el planteamiento de cada capítulo y la propia atmósfera fría y húmeda que impregna los escenarios naturales de Vancouver, donde se grabaron las primeras temporadas de la clásica y la actual.

Imagen promocional de Alcatraz

J.J. Abrams dice: “a mí déjame escoger el reparto y llámame tonto”.

La estructura de procedimental con el caso del “recluso de la semana” recuerda a la primera etapa de Fringe. También aquí hay apuntes poderosos a una trama horizontal muy potente que en cualquier momento podría llegar y arrasar con la no continuidad de las historias episódicas. Cualquiera que haya visto anteriores series de Abrams sabe que son dadas a reinventarse, a hacer un salto mortal argumental e incluso cambiar de género. Lo vemos cada final de temporada de Fringe y vimos como Lost pasaba de ser una serie de aventuras a una de intriga, ciencia-ficción o fantasía con un simple giro de rueda de madera helada.

Las comparaciones con Perdidos difícilmente pueden ser exageradas. Lo más evidente es el trío protagonista, desde el parecido físico de Sarah Jones con Emily de Ravin al parecido psicológico del personaje de Jorge García, Diego Soto, con el bonachón Hurley. Y por último el personaje de Sam Neill que parece hecho a medida de Terry O’Quinn. A lo mejor Emerson Hauser es una nueva manifestación del humo negro.

Las dos islas están unidas también por la música de Michael Giacchino, uno de los grandes compositores de los últimos años. La banda sonora llama a cada una de las emociones que debe sentir el público y las pone en fila para que se presenten en el momento adecuado. Si Michael Giacchino pusiera música a Intereconomía, nos creeríamos hasta lo que ponen los sms de los espectadores.

Escena de Alcatraz con Sarah Jones y Sam Neill“¿Ese es el guión? Tú dámelo, que ya se lo llevo yo a Terry O’Quinn” 

Otro de los grandes paralelismos con Perdidos es la articulación de historias paralelas a través de flasbacks. Funcionan de manera parecida a como lo hacen también en otra heredera de Lost, Once upon a time. Sitúan el pasado del personaje protagónico del episodio a la vez que crean un universo de tramas entrecruzadas entre sí y con el argumento principal por el que se mueven los protagonistas. Siembran algo que quizá sean pistas o quizá funcionen como semillas para que la serie crezca fuera de la televisión, alimentando la imaginación de los espectadores para que construyan su propia narración.

Hay peligro en este tipo de técnicas. A los fans más perezosos de Perdidos les frustró que nunca se les diera masticado ese cebo que los creadores de la serie tendían para que los propios espectadores jugáramos con las historias a las que apuntaban. En el caso concreto de Alcatraz, el peso de las historias de los reclusos episódicos en el pasado y en el presente desdibuja la importancia de los protagonistas, que en último término son quiénes deben atrapar a la audiencia.

Fans de la ciencia-ficción, nostálgicos de Lost, adoradores de J.J. Abrams, aficionados a los juegos metanarrativos, incondicionales de las actrices con pechos grandes y turgentes… la serie que esperabais está aquí. Luego que nadie se queje por haberla encontrado.

Cine – Sherlock Holmes y la desaparición de Sherlock Holmes

“Es un error capital el teorizar antes de poseer datos. Insensiblemente uno comienza a deformar los hechos para hacerlos encajar en las teorías, en lugar de encajar las teorías en los hechos”. Así explica Sherlock Holmes la base de su método de trabajo en Escándalo en Bohemia. También el sistema creativo de Guy Ritchie si solo cambiamos “datos” o “hechos” por “personajes” y “teorías” por “historias”.

Da igual que hablemos de Sherlock Holmes o Sherlock Holmes: Juego de sombras porque lo que sí es innegable es la coherencia entre ambas películas. En ambos casos, todo gira en torno a la idea de una historia de aventuras ambientada en el Londres de finales del siglo XIX, con mucha acción física, persecuciones, peleas, disparos, explosiones y cámaras lentas. Muchísimas cámaras lentas. En resumen, lo que pretende Guy Ritchie es hacer una película de Guy Ritchie en la época victoriana.

Tengamos esto en mente para entender que la referencia a Sherlock Holmes es tan casual como innecesaria. Con un par de ajustes mínimos de guión, el protagonista podría haber sido el doctor Jeckyll, Phileas Fogg o, mucho más acertadamente, Allan Quatermain. De hecho, el aventurero que vemos en la pantalla tiene más que ver con el explorador de Las minas del rey Salomón que con el detective de Baker Street.

Sherlock Holmes combate en la película de Guy RitchieRobert Downey Jr. pensando que no se acordaba de haber firmado para hacer la precuela de El club de la lucha.

Para ser más exactos, la relación más cercana sería con la versión que interpretó Sean Connery en La liga de los caballeros extraordinarios. Las dos entregas de Sherlock Holmes podrían cruzarse en cualquier momento con la fallida adaptación al cine del tebeo de Alan Moore. Ambas juegan a la recreación del Londres victoriano con toques de steampunk y ambas se pasan su referentes literarios por el mismísimo Mr. Hyde para hacer un producto más leve para el gran público.

La diferencia es que al menos las películas con nombre de detective sí que resultan entretenidas y dan dos buenas horas de desconexión mental. Además del estilo de videoclip del director, anima la función la presencia de Robert Downey Jr. en su papel de genio despistado y bon vivant que otras veces se llama Iron Man. Porque es muy buen actor cuando tiene un director capaz de controlarle, pero cuando se le va de las manos la vena histriónica hace el mismo personaje una y otra vez. Muy divertido, eso sí. Tanto que a Hollywood le compensaría darle una franquicia propia: Robert Downey Jr., superhéroe tecnológico, Robert Downey Jr. en el Londres victoriano, Robert Downey Jr. y el arca perdida , Robert Downey Jr. y la piedra filosofal. Y así.

El problema de tener una estrella con tanta gravedad es que arrolla con su presencia a todos los demás. Jude Law está resultón, pero no tiene un personaje tan pulido por la repetición como el de su compañero de reparto ni las películas le dan margen para lucirse con algo más que un par de puñetazos. Lo mismo puede decirse del resto de estereotipados secundarios, desde el paródico Lestrade a la pizpireta Irene Adler encarnada por Rachel McAdams. Sí, “pizpireta”, con eso lo digo todo.

Watson y Holmes, según Guy Ritchie

 Robert Downey Jr. enseña el sobre en el que le llegó el guión.

El guión, sin ser demasiado ambicioso, hace aguas por todas partes. Pero aguas estancadas, porque ningún personaje evoluciona realmente en ningún momento. También hay escenas que directamente sobran, entre ellas varias en las que Mycroft Holmes solo aguanta el tipo porque lleva la cara, y lo que no es la cara, del gran Stephen Fry.

Vuelvo a recurrir a la sabiduría del Holmes de papel, que justificaba sus teorías más peregrinas diciendo: “cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad”. Y una vez eliminado de la mente del espectador algo tan imposible como que esté viendo al Sherlock Holmes de Conan Doyle o que guiones tan absurdos hayan pasado los cortes de producción, lo que queda, por improbable que parezca, son unas películas si no divertidas, al menos muy entretenidas.

Y eso, mis queridos amigos, es algo tan raro como elemental.

Series – Sherlock, el elemental

“Lo que un hombre puede inventar, otro lo puede descubrir”. Esta frase que Sherlock Holmes le espeta al asesino de La aventura de los hombres que bailan se la podemos aplicar también a la esencia de algunos personajes de ficción. Como él mismo.

Creado en 1887 por Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes tiene casi tantas versiones como una canción de los Beatles: fue un cazador de espías en los 40 con el rostro de Basil Rathbone, actor del que tomaría su nombre el ratón superdetective más famoso de Baker Street que saltaba a la gran pantalla casi a la vez que una versión perruna se asomaba a la pequeña. También se ha dejado ver como un anciano en La solución final de Michael Chabon, como jovencito en El secreto de la pirámide y como doctor malencarado de mediana edad en House.

Como pasa con las canciones de los greñudos de Liverpool, las adaptaciones varían mucho según las capacidades de quién las lleva a cabo o de quién las ejecuta, según el caso. Cuando los talentos se suman en lugar de chocar como alces en celo, entonces salen maravillas como el Sherlock que ha producido Steven Moffat para la BBC.

Cualquiera que se haya acercado alguna vez a un relato original de Conan Doyle tiene una idea exacta de lo que se va a encontrar. Lo deslumbrante es lo bien que han traído esas viejas historias al siglo XXI, tanto en el desarrollo de las mismas como en el lenguaje audiovisual usado para contarlas. Desde las polvorientas enciclopedias de Baker Street convertidas en smartphones o los relatos de Watson contados ahora desde un blog, hasta un montaje muy ágil y un uso tan extensivo como adecuado de las posibilidades de la postproducción.

Holmes y Watson corriendo

Holmes y Watson, corriendo para no quedarse atrás en la historia.

Tanto que nos hemos quejado de las series españolas de ochenta minutos de duración y ahora nos derretimos de gusto con la hora y media de cada uno de los capítulos de las dos temporadas emitidas. La diferencia está un ritmo narrativo que apenas se detiene a coger aire y en que los noventa minutos no estiran, sino que comprimen unas tramas tan complejas y tramposas como las de las novelas. Tramposas casi como en el chiste de Gila, cuando a Holmes le preguntan cómo sabe que el asesino es Jack el destripador y él contesta: “¡porque soy Sherlock Holmes y a callar!”.

Dentro de la fidelidad al original, la serie se permite jugar con él. Están los chistes recurrentes sobre la extraña relación entre los protagonistas, pero también la irreverencia con la que este Watson trata a su colega. Frente al baboseo del doctor literario, éste se permite cosas como esconderle el tabaco o bromear con el inspector Lestrade sobre si sufre un caso de síndrome de Asperger. Este Holmes no es un intachable caballero inglés, sino un sociópata carente de empatía y habilidades sociales.

Holmes y Watson

 Este Watson sabe el mal del que somos capaces los blogueros.

Los guionistas también se permiten jugar con las expectativas del espectador que haya leído las aventuras originales. Desde la cojera de Watson o la celebérrima gorra de cazador hasta titular el último capítulo como The Reichenbach Fall y aclarar en los primeros minutos que se refiere a un cuadro y que nadie irá a combatir a muerte a una catarata suiza. Para luego volver a darle la vuelta a todo, claro. En cuanto a generar anticipación, el mejor efecto está conseguido con el personaje de James Moriarty, mucho mejor construido como perfecto antagonista de Holmes que en la obra de Conan Doyle. Entre otras cosas porque en la serie no es un capricho de última hora del autor.

A estas alturas, elogiar a los actores de una serie inglesa suena a redundancia. Benedict Cumberbatch compone un Sherlock perfecto alternando la contención cerebral con los estallidos verbales y físicos del personaje. Y por Martin Freeman no solo tengo debilidad desde La guía del autoestopista galáctico y The office, sino que aporta ese aire cómico sin caer en el payaso que protege a la serie de la pedantería de anteriores versiones.

Más que televisión es relato audiovisual y entretenimiento en su estado más puro. Elemental.

Cine – Drive, por puntos

Vamos a robar. Mejor dicho: vais a robar. Yo me limitaré a conduciros al lugar adecuado y a sacaros de allí en cuanto el trabajo esté hecho.

Tranquilos, no es que me haya casado con nadie de la realeza. Lo que vamos o vais a robar en esta ocasión son las opiniones de otros expertos. A estas alturas sigo sin tener claro si Drive es una obra maestra o una cáscara vacía muy bien envuelta en música y colorinchis. Por eso he estado dando una vueltecilla por otros blogs y foros, a ver si conseguía concretar esta sensación extraña que me ha dejado. Algo que en una película es un punto a favor, no como en un kebab.

El protagonista es un conductor del que no llegamos a saber el nombre. Trabaja de día como especialista de cine y mecánico y de noche se ofrece como chófer mercenario especialista en huidas de robos y atracos. Su vida se complica cuando se enamora de una vecina, casada con un presidiario que tiene ciertas cuentas pendientes con la mafia y él decide ayudarles. Tranquilos, que ahí es donde empiezan los tiros y los golpes.

Carey Mulligan en Drive

La vecina es Carey Mulligan, que es como Judi Dench con piernas.

Al primero al que vais a “tomar prestada” la opinión es a Nacho Vigalondo, que lleva meses haciendo hype de la película en su Twitter. Os conduzco hasta su cuenta y vosotros cogéis lo que queráis. Al grito de “¡es una peli de tiros y hostias que lo petó en Cannes!”, Vigalondo se maravilla ante la minuciosa planificación que nos sumerge casi exclusivamente en el punto de vista subjetivo del protagonista. No hay tomas casuales y la dirección y montaje se combinan no solo para crear segundos niveles de lectura casi en cada secuencia, sino que construyen algunas de las mejores persecuciones de coches de los últimos años. Eso sí, parece ser que la que presenta la película es casi un mero cambio de punto de vista respecto a otra de The Driver, de Walter Hill.

Si en algo coinciden todos los comentarios que podemos leer por la Red es en la cantidad y claridad de referentes de Drive. Según Vigalondo: “en Toronto el director explicó que la intención era hacer una película de John Hugues en la que a partir de la mitad el héroe matase a todo el mundo”. Esto lo escribió en el Focoforo, nuestra segunda parada. Allí podéis recolectar otras muchas referencias como Le samoraï de Melville, el cine de Peckimpah, Soderbergh y hasta un divertido triple salto mortal hasta Pagafantas. También podéis leer como se ríen de los que la comparan con Taxi Driver o ponen de muso a Tarantino.

El Focoforo es un terreno peligroso para los incautos, así que salid rápido. Antes de irnos del barrio, aún tenemos que parar en Bloguionistas para sacarle algo a Guillermo Zapata. Otro entusiasta de la película que tiene la defensa para el guión, acusado por algunos de simple. La historia es lineal, sin duda, pero encierra una gran fuerza precisamente en la sencillez que conlleva la gran coherencia interna del argumento y los personajes: “Si un tren cargado de tensión y violencia sale del punto a y un tren cargado de mala leche y horror sale del punto b…” La duda no

es si se va a liar o no la de Dios, sino cuando. El trabajo del guión es dosificar ese cuando no sorprender”.

Ryan Gosling en Drive

Sabes que esos guantes tienen que acabar estampados en la cara o los riñones de alguien. Lo sabes.

Estamos acostumbrados a guiones de televisión escritos para ser seguidos mientras planchamos o fregamos el suelo. Drive nos pide toda la atención porque el retrato de los personajes está en los pequeños gestos y en lo que callan. Algo así como lo que está haciendo el Gobierno.

La última parada la haremos en el blog de Escrito por en TCM. Allí podréis coger esta perla: “me da la impresión de que la película es como de Sofia Coppola o Isabel Coixet, pero en “tío”. Es decir: mismo look, música del estilo, recreaciones en planos silenciosos, realización altamente estética, personajes contenidos llenos de emociones que no dejan aflorar, pero… añado violencia, coches, mafia y tíos duros”.

Podéis escoger entre que sea una de Coppola-Coixet para tíos o que sea una peli de acción para tías. Porque Ryan Gosling es un poderoso reclamo entre el sector femenino que recuerda entre suspiros El diario de Noah. El elemento masculino de las parejas puede jugar la carta “¡también hizo El joven Hércules!” si la situación se vuelve insostenible.

Con todo, hay que decir que Gosling está muy bien y que controla a su personaje al milímetro. No es el único: Bryan Cranston, Carey Mulligan y Albert Brooks completan un reparto con el que se puede sacar una películaza hasta de un guión de Alfonso del Real.

Con esto hemos llegado. Podéis bajaros aquí, cerquita de los comentarios y darme alguna opinión más que termine de aclararme como pago por el viaje. Aunque yo casi prefiero jamón.