Mad Men Season 5
Style is back
Lust is back
Don is back
I’m living like there’s no tomorrow, because there isn’t one
Style is back
Lust is back
Don is back
I’m living like there’s no tomorrow, because there isn’t one
“Juzgar una serie por su capítulo piloto es como juzgar un libro por su cubierta”. Frase atribuida a la poco reconocida sabiduría del actor John Stamos, el tío Jesse de Padres forzosos. Es normal que su sabiduría esté poco reconocida porque no se deja ver muy a menudo, pero yo uso esta frase suya casi tan a menudo como “no es lo que parece”. Si os preguntáis por qué tengo que usar esta tantas veces solo puedo deciros que no es lo que parece.
Hay capítulos piloto que no dejan entrever la grandeza del desarrollo de la serie, como ocurre con The wire. Otros gastan tanta pirotecnia que luego no queda nada con lo que sorprender en los siguientes episodios, como pudimos ver en FlashForward. La última categoría es la de los que no dejan una sensación clara, como me ha ocurrido a mí con Smash.
Normalmente esperaría un par de entregas más para tener las ideas más claras antes de hacer ningún comentario, pero el hype me lo impide. Quien no sepa lo que es el hype, además de alegrarse por ser una persona normal, puede traducirlo por “promocionar a bombo y platillo” y es frecuente usar la expresión para referirse a productos que no están a la altura de la expectación creada por la industria o la crítica especializada. Por ejemplo, cada vez que una serie ha sido promocionada como “la nueva Perdidos” o “la nueva Friends”.
Expliquemos las razones del hype de esta serie que, siendo correcta, algunos nos presentan como la gran salvación de la temporada. En primer lugar, Smash es un musical. Con lo que la gente en general detesta los musicales, los aficionados al género tendemos al sobreesfuerzo a la hora de recomendarlos. En este caso se facilita la integración de las canciones por el hecho de que el argumento gira en torno a cómo se produce un musical para Broadway. Un musical sobre Marylin, por si hacía falta más hype mitómano.

Sobre Florinda Chico descuida que no hacen musicales.
Su mayor baza a la hora de justificar la música puede ser el mayor peligro en cuanto a desarrollo de la trama y los personajes. En el piloto ya pudimos ver varios tópicos del retrato de esta industria como el del director tan genial como tiránico y mujeriego o la honrada y pobre chica inocente que sueña con triunfar sin traicionarse a sí misma. Hay algo en mí que desearía que en lugar de una Cenicienta nos hubieran presentado una tronista de Hombres y Mujeres y Viceversa. Al menos habría habido sorpresa.
Queda mucho por ver, claro, pero el piloto apunta a una serie que se mueve dentro de los límites del camino marcado. Si la comparación con Glee es inevitable, Smash sale perdiendo porque al menos los chicos del coro tuvieron una primera temporada trasgresora llena de embarazos adolescentes, intentos de adulterio y chantaje emocional. Los tópicos aparecían en los primeros capítulos como material de parodia y no se tomaban a sí mismo en serio. Por otra parte, es cierto que Glee acabó como un karaoke diseñado para vender versiones de canciones famosas en iTunes y la nueva propuesta de la NBC cuenta con buenas canciones originales.

Katherine McPhee ganó American Idol antes de salir en Smash. Es como si aquí Angy participara en una se… oh, vaya.
Como su propio nombre indica, Smash ha entrado en la parrilla haciendo mucho ruido. La audiencia de su estreno lo convierte en uno de los mejores del año. Algo tendrá que ver que fuera después del arranque de la segunda temporada de The voice, emitido a su vez a continuación de la Super Bowl. Para entendernos, es como programar algo consecutivo la primera gala de Operación Triunfo 2, si esta hubiera sido después de un Madrid-Barça. Hubiera hecho buenos datos hasta Pueblo de Dios.
Una vez libres del efecto hype, que cada cual vea la serie y saque sus propias conclusiones o que espere a ver qué digo de los próximos capítulos en Twitter. Los tópicos de la presentación aún pueden subvertirse o jugarse con cierta gracia, los conflictos pueden explotar con intereses aún no entrevistos y quizá los actores lleguen a convencernos de que lo son. Aunque, por soltar la última colleja, muchos lo tendrán difícil.
Como siempre, os dejo con el trailer, capaz de justificar el hype por sí mismo:
Hay series de televisión que son como amigos. Algunas porque te conducen irremediablemente al alcoholismo, pero casi todas por la forma que tenemos de reaccionar cuando nos reencontramos con ellas después de mucho tiempo. Cuando pasamos unos meses sin verlos, hay conocidos que en el reencuentro empiezan a hablar y lo que están diciendo o nos suena totalmente alienígena o ya no nos produce interés. Pasa mucho con los ex colegas de trabajo y con los que solo hemos conocido borrachos, valga la redundancia.
También hay otro tipo de amistad, esa por la que no pasan los años ni las ausencias. Esas personas que un día, sin venir a cuento, echas de menos y que cuando te vuelves a encontrar te hacen retomar la risa allí donde la habías dejado. Son amigos 30 Rock o amigos Rockefeller Plaza.
Hay quien parece que quiere ver baches y bajones, pero 30 Rock sigue manteniéndose fresca como el primer día. El retraso de su vuelta esta temporada por el embarazo de su protagonista y creadora, Tina Fey, tenía a los fans si no impacientes, al menos sí inquietos. Como cuando hace mucho que no vemos a un presidente del Gobierno y nos preguntamos qué estará haciendo. Pero en bien.
Con más de cinco años en antena y un buen fardo de premios a sus espaldas, la poca repercusión y la mala programación que ha tenido en nuestro país hace que muchos desconozcan esta pequeña joya del humor. En resumen, es una sitcom sobre el equipo de un programa de sketches tipo Saturday Night Live, con sus guionistas frikis, sus actores desquiciados y su ejecutivo de la cadena que haría parecer a Reagan y Thatcher una pareja de perroflautas.

También hay un tipo rubio que según los diálogos es un “paje” de la cadena.
El comienzo de la sexta temporada demuestra que siguen en plena forma. Lo normal en las series es que después de varias temporadas, todos los personajes se hayan enamorado entre sí, que haya habido momentos ñoños y que la esencia se haya diluido en un torbellino más o menos culebronesco. Lo vimos en Cheers, en Friends y en Salvamé.
El truco es que 30 Rock no es en realidad una serie, sino un programa de sketches. Comparado con su número de chistes y dobles sentidos por minuto, Los Simpson son un dramón de chejoviano. Es un estilo de humor muy americano, basado en la acumulación. El referente más cercano no es, por decir una comedia sobre el mundo de la comunicación, Murphy Brown. Es más bien Saturday Night Live, programa del que Tina Fey fue jefa de guionistas y con el que comparte en la producción a Lorne Michaels.
De esa herencia viene también el gusto por colar chistes sobre la actualidad y el desfile constante de cameos de famosos. La serie crece cuando aparecen riéndose de sí mismos personajes como Ophra Winfrey, Aaron Sorkin o Al Gore, prestándose a su humor a veces absurdo y surrealista. También cuando se burla no ya de sus invitados, sino de sus anfitriones: las puyas a la NBC con caricaturas de sus formatos o de sus cifras de audiencia de los últimos años son otra constante. Y como aquí todo el mundo recibe, la nueva temporada arrancó con la parodia del escándalo causado por uno de sus actores, Tracy Morgan, a raíz de unos chistes presuntamente homófobos durante un monólogo.

Los cameos también funcionan por acumulación.
Por si los argumentos objetivos siguen sin convencer a alguien, me dejo de historias: a Tina Fey hay que amarla sobre todas las cosas. La química que ha conseguido su personaje de Liz Lemon con el Jack Donaghy de Alec Baldwin no tiene nada que envidiar a grandes parejas de la comedia como otro Lemon, Jack y Walter Matthau, James Dean y Jerry Lee Lewis o Eduard Punset y una barra de pan de molde.
Hay series de televisión que son como amigos, que parece que no hay forma de no acabar enrollándose. Así que mejor lo dejo y por lo menos yo no me enrollo más.
Una isla de la que nadie puede escapar, viajes en el tiempo, flashbacks, personajes cargados de misterios y un tipo gordo. Podría ser Perdidos, podría ser el caso de Megaupload, pero es Alcatraz.
Quienes lleven dos años esperando la reencarnación de Lost y buscándola en cada nuevo estreno, llámese Flashforward, El barco o La duquesa, sentirán un agradable cosquilleo de dejà vu con la nueva propuesta de J.J. Abrams. Más por el tono que por el argumento en sí, según el cual, Alcatraz no habría cerrado por recortes presupuestarios, sino porque todos sus reclusos desaparecieron inexplicablemente. Aviso: la ciencia-ficción no es que los recortes fueran mentira, sino lo otro.
El detonante es que los convictos desvanecidos comienzan a aparecer en la actualidad para seguir con sus cosas de criminales. Un grupo secreto del Gobierno con una policía y un friki experto en la historia de la mítica penitenciaría les perseguirán para hacerles cumplir unas nuevas penas de prisión permanente revisable como Diso manda.
Lo que más se comentó en Internet del piloto fue el escote de la protagonista, interpretada por Sarah Jones. Lo segundo, las reminiscencias a tres grandes mitos: la ya mencionada Perdidos, Fringe y Expediente X. A las aventuras de Mulder y Scully debe mucho el tono, el planteamiento de cada capítulo y la propia atmósfera fría y húmeda que impregna los escenarios naturales de Vancouver, donde se grabaron las primeras temporadas de la clásica y la actual.

J.J. Abrams dice: “a mí déjame escoger el reparto y llámame tonto”.
La estructura de procedimental con el caso del “recluso de la semana” recuerda a la primera etapa de Fringe. También aquí hay apuntes poderosos a una trama horizontal muy potente que en cualquier momento podría llegar y arrasar con la no continuidad de las historias episódicas. Cualquiera que haya visto anteriores series de Abrams sabe que son dadas a reinventarse, a hacer un salto mortal argumental e incluso cambiar de género. Lo vemos cada final de temporada de Fringe y vimos como Lost pasaba de ser una serie de aventuras a una de intriga, ciencia-ficción o fantasía con un simple giro de rueda de madera helada.
Las comparaciones con Perdidos difícilmente pueden ser exageradas. Lo más evidente es el trío protagonista, desde el parecido físico de Sarah Jones con Emily de Ravin al parecido psicológico del personaje de Jorge García, Diego Soto, con el bonachón Hurley. Y por último el personaje de Sam Neill que parece hecho a medida de Terry O’Quinn. A lo mejor Emerson Hauser es una nueva manifestación del humo negro.
Las dos islas están unidas también por la música de Michael Giacchino, uno de los grandes compositores de los últimos años. La banda sonora llama a cada una de las emociones que debe sentir el público y las pone en fila para que se presenten en el momento adecuado. Si Michael Giacchino pusiera música a Intereconomía, nos creeríamos hasta lo que ponen los sms de los espectadores.
“¿Ese es el guión? Tú dámelo, que ya se lo llevo yo a Terry O’Quinn”
Otro de los grandes paralelismos con Perdidos es la articulación de historias paralelas a través de flasbacks. Funcionan de manera parecida a como lo hacen también en otra heredera de Lost, Once upon a time. Sitúan el pasado del personaje protagónico del episodio a la vez que crean un universo de tramas entrecruzadas entre sí y con el argumento principal por el que se mueven los protagonistas. Siembran algo que quizá sean pistas o quizá funcionen como semillas para que la serie crezca fuera de la televisión, alimentando la imaginación de los espectadores para que construyan su propia narración.
Hay peligro en este tipo de técnicas. A los fans más perezosos de Perdidos les frustró que nunca se les diera masticado ese cebo que los creadores de la serie tendían para que los propios espectadores jugáramos con las historias a las que apuntaban. En el caso concreto de Alcatraz, el peso de las historias de los reclusos episódicos en el pasado y en el presente desdibuja la importancia de los protagonistas, que en último término son quiénes deben atrapar a la audiencia.
Fans de la ciencia-ficción, nostálgicos de Lost, adoradores de J.J. Abrams, aficionados a los juegos metanarrativos, incondicionales de las actrices con pechos grandes y turgentes… la serie que esperabais está aquí. Luego que nadie se queje por haberla encontrado.
“Lo que un hombre puede inventar, otro lo puede descubrir”. Esta frase que Sherlock Holmes le espeta al asesino de La aventura de los hombres que bailan se la podemos aplicar también a la esencia de algunos personajes de ficción. Como él mismo.
Creado en 1887 por Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes tiene casi tantas versiones como una canción de los Beatles: fue un cazador de espías en los 40 con el rostro de Basil Rathbone, actor del que tomaría su nombre el ratón superdetective más famoso de Baker Street que saltaba a la gran pantalla casi a la vez que una versión perruna se asomaba a la pequeña. También se ha dejado ver como un anciano en La solución final de Michael Chabon, como jovencito en El secreto de la pirámide y como doctor malencarado de mediana edad en House.
Como pasa con las canciones de los greñudos de Liverpool, las adaptaciones varían mucho según las capacidades de quién las lleva a cabo o de quién las ejecuta, según el caso. Cuando los talentos se suman en lugar de chocar como alces en celo, entonces salen maravillas como el Sherlock que ha producido Steven Moffat para la BBC.
Cualquiera que se haya acercado alguna vez a un relato original de Conan Doyle tiene una idea exacta de lo que se va a encontrar. Lo deslumbrante es lo bien que han traído esas viejas historias al siglo XXI, tanto en el desarrollo de las mismas como en el lenguaje audiovisual usado para contarlas. Desde las polvorientas enciclopedias de Baker Street convertidas en smartphones o los relatos de Watson contados ahora desde un blog, hasta un montaje muy ágil y un uso tan extensivo como adecuado de las posibilidades de la postproducción.

Holmes y Watson, corriendo para no quedarse atrás en la historia.
Tanto que nos hemos quejado de las series españolas de ochenta minutos de duración y ahora nos derretimos de gusto con la hora y media de cada uno de los capítulos de las dos temporadas emitidas. La diferencia está un ritmo narrativo que apenas se detiene a coger aire y en que los noventa minutos no estiran, sino que comprimen unas tramas tan complejas y tramposas como las de las novelas. Tramposas casi como en el chiste de Gila, cuando a Holmes le preguntan cómo sabe que el asesino es Jack el destripador y él contesta: “¡porque soy Sherlock Holmes y a callar!”.
Dentro de la fidelidad al original, la serie se permite jugar con él. Están los chistes recurrentes sobre la extraña relación entre los protagonistas, pero también la irreverencia con la que este Watson trata a su colega. Frente al baboseo del doctor literario, éste se permite cosas como esconderle el tabaco o bromear con el inspector Lestrade sobre si sufre un caso de síndrome de Asperger. Este Holmes no es un intachable caballero inglés, sino un sociópata carente de empatía y habilidades sociales.

Este Watson sabe el mal del que somos capaces los blogueros.
Los guionistas también se permiten jugar con las expectativas del espectador que haya leído las aventuras originales. Desde la cojera de Watson o la celebérrima gorra de cazador hasta titular el último capítulo como The Reichenbach Fall y aclarar en los primeros minutos que se refiere a un cuadro y que nadie irá a combatir a muerte a una catarata suiza. Para luego volver a darle la vuelta a todo, claro. En cuanto a generar anticipación, el mejor efecto está conseguido con el personaje de James Moriarty, mucho mejor construido como perfecto antagonista de Holmes que en la obra de Conan Doyle. Entre otras cosas porque en la serie no es un capricho de última hora del autor.
A estas alturas, elogiar a los actores de una serie inglesa suena a redundancia. Benedict Cumberbatch compone un Sherlock perfecto alternando la contención cerebral con los estallidos verbales y físicos del personaje. Y por Martin Freeman no solo tengo debilidad desde La guía del autoestopista galáctico y The office, sino que aporta ese aire cómico sin caer en el payaso que protege a la serie de la pedantería de anteriores versiones.
Más que televisión es relato audiovisual y entretenimiento en su estado más puro. Elemental.
“Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”, es el lema de Spider-Man. En este mundo de trasgénicos, eso es lo más increíble del tebeo: que cuando el adolescente Peter Parker obtuvo superpoderes, se lanzara a salvar el mundo en lugar de usar su habilidad de trepamuros para espiar a la vecina de enfrente o su sentido arácnido para saber cuándo esconder la chuleta en un examen.
El gran acierto de Misfits desde el primer momento ha sido preguntarse qué harían de verdad unos chavales jóvenes que de repente obtuvieran poderes sobrehumanos. Y para que no hubiera dudas de cómo iban a reaccionar, los creadores de la serie decidieron que sus protagonistas fueran una pandilla de inadaptados con el único elemento en común de estar prestando servicios comunitarios por imperativo legal.
El estreno de la primera temporada cogió al público por sorpresa. Con el escepticismo subido tras ver cómo Héroes se desinflaba, encontramos una serie que si el lema de la americana era “salva a la animadora, salva el mundo”, parecía moverse con la filosofía: “salva a la animadora, emboráchala y tíratela después”. Si has llegado hasta aquí sin ver las dos primeras temporadas, has de saber que vamos a hablar de la tercera. Ve a verlas, que te esperamos.
¿Ya? Bien. El gran reto de la tercera temporada era sobrevivir a la marcha de Nathan, para muchos el alma del grupo. El primer capítulo, de hecho, da la (mala) impresión de que intentan hacer reset a la serie con un nuevo bocazas y empezando todo de cero otra vez. Como cuando Salvamé manda a Belén Esteban al registro civil.
Una falsa impresión. Tanto el presunto reinicio como la impresión de que sin Nathan iban a perder fuelle. Al contrario, él amenazaba con convertirse en el Steve Urkel de Misfits y con acabar canibalizando toda la serie. Al sacarle de la historia, los guiones se han vuelto mucho más corales y han cedido foco a personajes como el de Kelly, que por fin ha explotado el potencial que tiene. ¿Cómo no va a tener potencial Kelly si la MTV rellena su programación con realities de chicas como ella pero sin superpoderes?
“He ganado un puto Bafta, tío”. Y él pone cara de no saber qué es un Bafta. Normal.
Al explorar a todos los personajes, los guionistas lanzan los argumentos en todas las direcciones posibles y se sueltan el pelo de verdad. La serie se afianza en su verdadera identidad de tebeo postmoderno. El cómico acercamiento al sobado tema de las paradojas de los viajes en el tiempo se mea encima del dramatismo impostado de Héroes y algunos clásicos de La Patrulla-X. Tampoco al tocar el género zombi dejan títere con cabeza, valga la redundancia.
La mayor ironía de las historias es sobre los propios poderes de cada uno. Apenas aparecen en escena para poner en marcha un argumento o para salvar algún obstáculo muy puntual. Porque en el fondo, no son más que unos pobres chavales de barrio a los que salvar el mundo les viene muy grande y que ni siquiera tienen la malicia para ser ambiciosos y sacar verdadero provecho a sus habilidades sobrenaturales. Quizá no bastan para cambiar que son unos perdedores por naturaleza.
No sé si podemos culparles cuando todos hemos pensado que el mejor poder sería la teletranportación para usarla los domingos a las seis de la mañana cuando intentamos volver a casa.
En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Esta frase, cuyo origen debe localizarse en un famoso garito de Chinatown regentado por un veterano de guerra con un solo ojo, resume perfectamente los rankings de series de la temporada otoño-invierno que acabamos de cerrar. Y explica porqué Homeland está en casi todos las listas de estrenos del año.
La premisa es de las que engancha: un marine secuestrado por Al Qaeda vuelve a Estados Unidos donde una agente de la CIA sospecha que es un traidor y que los terroristas han permitido la operación de rescate para infiltrarle en Washington. Bien es verdad que el punto de partida no es original de la serie de Showtime, sino del original israelí que adapta, Hatufim o Prisoners of war.
El primer gancho se mantiene con un punto de vista va saltando, de modo que tenemos piezas sueltas del gran puzzle de la trama, sin poder decir con total seguridad quién es el héroe y quién el villano. En el ambiente flota la sensación de que no están engañando todo el rato y que las apariencias nos engañan una y otra vez. En ese sentido es una serie bastante tramposa, pero del mismo modo que hace trampas un prestidigitador con sus juegos de cartas. Sabemos que el engaño está ahí, pero esa es precisamente la gracia del número.
El de la derecha es Iñigo Montoya. Para que vean que las apariencias engañan.
El tono frío en la narración le debe mucho a la experiencia televisiva de sus responsables para la televisión americana: Alex Gansa y Howard Gordon, dos veteranos de 24 y Expediente X. También está metido Chip Johannessen, ex compañero de los otros dos y showrunner de Dexter en su quinta temporada. No cito el currículum para demostrar lo rápido que miro las cosas en imdb, sino para dejar clara una cosa: es una serie muy facha.
Si pensamos en Jack Bauer, Fox Mulder, Dexter Morgan y Carrie Mathison, más allá de los distintos niveles de testoterona y habilidad para burlar la ley, todos tienen algo en común. Los cuatro son los típicos rebeldes con el sistema que en el fondo solo se enfrentan a él para preservar su visión idílica del mismo. Y nada ni nadie que quiera conservar sus constantes vitales debe interponerse en su camino, ya sean enemigos, jefes o líderes débiles e incapaces de mantener un status quo como Diso manda. ¿Cómo van a pararse a pensar en derechos civiles si tienen una misión que cumplir?
Los héroes y heroínas de estas series en la vida real serían carne de homenaje en Intereconomía. Por eso, si nos paramos a pensar seriamente en sus tramas, hay que reconocer que las vemos como placer culpable o que nos conocemos a nosotros mismos menos de lo que pensábamos. A otro nivel, atraen por sus planteamientos, muy maniqueos, en los que los buenos son muy buenos y los malos, muy malos. No son posibles los términos medios ni las críticas a los métodos de los protagonistas, porque son los buenos y por tanto no pueden equivocarse. Si Jack tortura a alguien, es porque se lo merece, aunque al principio pueda parecer que no.
El acierto de Homeland es que no tenemos esa certeza de que Carrie esté en lo cierto pisoteando los derechos del sargento Brody y familia. Pero estamos tan acostumbrados al esquema que queremos creer que no se equivoca y que al final será reconocido su valor. ¿O es el sargento Brody el que merecerá el homenaje final a pesar de todas las sombras que proyecta?
Claire Danes, haciendo de Mercedes Milá con Damien Lewis.
Otro punto divertido en las historias de estos paladines incomprendidos es que todos sufren de algún tipo de desorden mental, desde la paranoia de Mulder a la sociopatía de Dexter. Carrie Mathison no escapa a las taras, lo que permite que Claire Danes se luzca en su interpretación. Sin menospreciar a sus compañeros de reparto, hay episodios en los que ella sola se los come a todos enteritos.
Me estoy extendiendo demasiado y pierdo la fuerza moral para criticar la duración de los capítulos: excesiva. Las escenas se alargan con planos de miradas perdidas o cigarrillos consumiéndose como si algún director anduviera con sobredosis de nouvelle vague. El efecto se nota impostado, como si alguien estuviera sujetando las bridas de un caballo que quisiera desbocarse. Como una carrera en bicicleta bajo el agua. Como este párrafo lleno de comparaciones pedantes e inacabables.
Como esta columna que se acaba aquí.
Un buen libro, salir con los amigos, practicar deporte… eso no son razones para apagar la televisión. Si lo fueran, siempre podríamos tenerla desconectada, pero nos gusta demasiado lo que vemos en ella. Menos mal que los productores se apiadan de vez en cuando de nosotros y nos regalan tiempo alejándonos de la que cada vez es menos caja y quizá también menos tonta. He aquí algunos de los mejores esfuerzos de este año.
5. The playboy club
Este año fue el equivalente en estrenos televisivos a un ligue por Internet. Prometía mucho y antes de que nadie la viera todo indicaba que podía ser inteligente, interesante, con una belleza muy cuidada, sexy, divertida… y al final resultó que lo mejor que podía ofrecer era un señor mayor contándonos sus cosas en pijama.
La fórmula propuesta no está lejos de Pan Am: una vuelta de tuerca a la nostalgia alimentada por Mad Men, aderezada por subtramas de intriga, sexo y ambiciones varias. En este caso, como se puede imaginar, todo giraba en torno a un local nocturno propiedad de la revista Playboy y las conejitas que trabajan en él.
Lo malo es que con ese título le empezaron a caer palos de sectores ultraconservadores antes de su estreno y seguramente por eso se quedó en una cosa tan pacata que, después de emitida, le empezaron a caer palos por parte del resto de sectores. Los guiones sin gancho y los actores sin carisma no hicieron nada por mejorar el envoltorio.
4. Falling skies
¿Cuántas veces se habrá hecho un chiste con este título y el mayor miedo del pueblo de Astérix, eso de que el cielo se cayera sobre sus cabezas? Nunca los suficientes: se ve que los galos tenían ese miedo por culpa de esta serie.
Con un arranque entretenido, como pasa siempre que una especie alienígena invade la Tierra y diezma su población, en seguida se ve que no tiene fuelle. El aire familiar que parece obsesionar últimamente a su productor, Steven Spielberg, hace que desinfle rápidamente y se convierta en una especie de cruce entre The walking dead y Médico de familia. Valga la redundancia.
3. Grimm
Los cuentos de toda la vida han vuelto a triunfar este 2011. Y no lo digo por el atracón de elecciones que hemos tenido en España. Los estrenos de Once upon a time y Grimm los han vuelto a poner de moda igual que una ciudad puede estar en el candelero bien por un gran evento, bien por un desastre natural.
En el caso de Grimm, la propuesta es de un procedimental, una serie de “monstruo de la semana” en la que los malos son los personajes clásicos de los cuentos de hadas y el bueno es una piedra. Quizá exagere, pero para el caso serviría, dado el carisma y capacidad interpretativa del actor protagonista.
El mayor problema es que se toman a sí mismos muy en serio y eso no hay quién se lo crea. Y conste que sigo hablando de la serie, no del tema electoral.
2. American Horror Story
Reconozco que la incluyo por pura rebeldía. No entiendo que haya tanta gente elogiando una serie que me parece tramposa, excesiva y tan vacía por dentro como la burbuja inmobiliaria sobre la que se asienta su argumento. Porque la cosa va de una mansión encantada y una familia que no puede mudarse porque no están las cosas como para andar cambiando de casa por caprichitos como que te intenten matar varias veces en el mismo sitio. En realidad, el meollo de la trama de terror no me cabe duda de que es el asunto financiero.
Un elenco y unas estrellas invitadas que también quitan más el hipo que las supuestas historias de miedo son la gran baza de American Horror Story. Por lo demás, todo se basa en el efectismo y en unos trucos visuales y narrativos que parecen responder al criterio del porque sí.
1. Cheers
Número uno de la lista por aclamación popular. Un estreno tan desastroso que ni siquiera los comentarios en twitter lograron que su visionado pasara por ser algo divertido.
Quizá haya series peores en cuanto a guión, producción e interpretación, pero se alza en cabeza de la lista por lo innecesario del remake y por la música de la cabecera, interpretada por Dani Martín. En realidad, solo por la música de la cabecera ya se habría ganado el puesto. Al riesgo de adaptar una de las series más míticas de la historia de la televisión mundial se suma el hecho de que esta versión ignora las principales señas de identidad del producto original y se lanza a hacer una serie del bar de Los Serrano, pero con otro nombre.
Si las primeras impresiones son las que cuentan, todavía no entiendo cómo obtuvo luz verde una serie titulada Cheers en cuyo primer plano se ve a Antonio Resines refrotarse con una striper.
Un top five me mandan hacer cuanto antes,
que en mi vida me he visto en tal aprieto,
cinco series dicen que es quinteto,
burla burlando voy a dar el cante.
5. Episodes
¿Qué haces después de ser el protagonista de una serie histórica de la televisión? Un spin-off de la misma para que te lluevan palos por todas partes. Vale, ¿y luego? Tras el relativo fracaso de Joey y de las incursiones televisivas del resto de sus compañeros de Friends, Matt LeBlanc se lo pensó mucho antes de volver delante de las cámaras. La gente le identificaba demasiado con el eterno aspirante a actor que le dio la fama, así que decidió reaparecer interpretando a una estrella pagada de sí misma, egoísta y manipuladora: Matt LeBlanc.
Pero Episodes no es otra serie de actores que se versionan a sí mismos. Lo que se satiriza es la propia industria televisiva americana, con muy poca piedad y muchísima ironía. El punto de vista lo dan dos guionistas ingleses que se mudan a California para dirigir el remake de su propia serie de éxito. Humor negro, situaciones de vergüenza ajena tan características de la comedia británica y… Matt LeBlanc.
4. Alphas
Para algunos, Héroes fue esa mujer despampanante que te llevas a casa una noche y que al despertar a la mañana siguiente te lleva a tomar la decisión de dejar la bebida para siempre. El caso de Alphas es exactamente el contrario: una serie simpática, atractiva, pero no deslumbrante y que al final te acaba enamorando.
Los mutantes “de andar por casa” del doctor Rosen, interpretado por David Strathairn, acaban revelándose como una versión encubierta de la mítica Patrulla-X. Y una de las mejores que hemos podido ver, además. Aunque tiene una primera temporada con altibajos, esquiva con gracia los peligros argumentales en los que parece estar a punto de caer y te deja con ganas de más, algo que ya es bastante con el panorama actual.
Yo pensé que no hallara bastantes
y que no sé dónde me meto,
mas ya me veo a mitad del reto
sin meter serie alguna que me espante.
3. Juego de tronos
Por aclamación, esta es una de las series del año y yo no lo voy a discutir, a pesar de los decorados del Exin Castillos que se asoman de tanto en tanto por la pantalla. La adaptación de la novela de George R.R. Martin recoge perfectamente los trucos efectistas de su prima literaria como los cliffhangers desquiciados y se libra de la carga descriptiva con desparpajo. En consecuencia, la serie es mucho más dinámica que los libros y con un ritmo mucho más agradecido para el espectador.
Para el que no sepa de qué va, es una épica pseudo-medieval con batallas, caballeros, intrigas palaciegas y muchas, muchas tetas. La comparan mucho con El señor de los anillos, pero sería más bien el culebrón que verían Aragorn y compañía en las sobremesas de la Tierra Media.
2. Homeland
Aquí me tiro al monte porque no he acabado de verla. Aún así, me ha parecido una de las propuestas más interesantes de este otoño. Claro que no lo tenía difícil, porque la temporada 2011-2012 ha arrancado flojita, flojita.
En este caso, varios de los responsables de 24 se vuelven a reunir para otra serie de grandes conspiraciones, terroristas, espías y uso indiscriminado de teléfonos móviles. Lo mejor de Homeland es su ambigüedad y el constante juego de espejos que no deja que el espectador pueda acomodarse en ninguna posición, a favor o en contra de cualquiera de los personajes.
En la recta final voy entrando
quizá con un listado maltrecho
pues no hay mucho que me esté gustando.
1. Crematorio
¡Giro inesperado de guión! Acabo con una serie española y pillo a todo el mundo desprevenido. Crematorio es el ejemplo de lo que podría hacer la televisión española si la batalla por la audiencia no obligara a poner abuelos y niños en cada producto de ficción para aumentar el público potencial.
Con la novela homónima de Rafael Chirbes como base, se nos presenta un retrato de la corrupción política, empresarial y finalmente personal en una localidad ficticia del levante español. Guiones milimétricos, grandes interpretaciones y una dirección ajustada exactamente a lo que necesita la historia. Todo lo que nos gusta de las grandes series americanas, adaptado a la idiosincrasia española.
Y que una serie sobre la corrupción cuente con el patrocinio de la Generalitat Valenciana es un argumento que de por sí bastaría para alzarla como serie del año. Ha habido estrenos de comedia con menos gracia que eso, este año.
Con esta acabo y aun sospecho
que están ustedes discrepando:
vayan a los comentarios, mi top five está echo.*
* He de decir que es un top muy mentiroso, porque no he incluido ni Black Mirror ni Life’s too short, de las que hablamos hace muy poco aquí. Para que luego digan que no lo doy todo por los lectores.