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El Museo Judío de Libeskind

Posted on April 16, 2012 by Elisa

Por si aun no os habéis cansado, aquí os traemos otra muestra que demuestra que la arquitectura tiene mucho que ver con las emociones y nos predispone a sentir unas u otras.

La capacidad de conseguir ciertas sensaciones depende, obviamente, de la calidad del arquitecto. Daniel Libeskind (1946, Lodz – Polonia) es un claro ejemplo de esa calidad que  mencionamos.

Dejando de lado su prestigiosa trayectoria profesional, nos centraremos en el edificio que tal vez le ha hecho más conocido y que simboliza más que una simple edificación. Es más, es uno de esos casos en los que el envoltorio es incluso más importante que lo que contiene.

En 1999 se inauguró en Berlín el Museo Judío, que recopila todo tipo de obras, objetos y símbolos que representan al Holocausto, así como las historias y trayectorias de los judíos residentes en Alemania durante los últimos siglos.

Para todos aquellos que no hayáis tenido la suerte de visitarlo, os ofrecemos un tour-express para situaros, pero no dejéis de entrar cuando tengáis ocasión, vale la pena.

El edificio en sí tiene forma de rayo o recta quebrada, y está compuesto de materiales metales principalmente. Consta de una planta subterránea y cuatro superiores.

Nada más entrar nos daremos cuenta de lo curioso que es, se accede a través de una bajada de escasa iluminación e irregulares escalones que dificultan en cierto modo la entrada; y al llegar al final de éstos aparecemos en una especie de sótano del que desembocan pasillos torcidos y oblícuos, cosa que dificulta que nos podamos situar.

En muchos tramos el suelo tiene una cierta pendiente que va variando, y la luz es tenue y no siempre constante… Al observar el techo y ver su color negro nos daremos cuenta la verdadera intención del arquitecto: conseguir que sintamos una cierta angustia y nos situemos en las obras que más adelante veremos.

Al seguir por uno de los tres pasillos llegamos a la Torre del  Holocausto; otro lleva al Jardín del Exilio y el último lleva a las demás plantas superiores.

Dentro del museo seguimos viendo que las paredes son irregulares en cuanto a su inclinación, esto se debe a la forma exterior del edificio, que hace difícil la percepción del espacio y de su distribución.

Casi ningún elemento de la edificación es regular, cada ventana tiene una forma  distinta e independiente, aunque se rigen por tener una forma más o menos alargada. 1005 son los huecos que Libeskind hizo a su obra.

En cuanto a la fachada del edificio, es de hormigón recubierto de una chapa de metal, como hemos mencionado con anterioridad. La capa consta de elementos como el titanio o el cinc, y está colocada estratégicamente de forma que no coincida con los forjados, para darle una aparente inclinación.

En cuanto al contenido del museo, lo mejor será que vayáis a verlo vosotros mismos, os garantizamos que no os defraudará su paso por este fantástico edificio, muestra de que (repito) la arquitectura sí es capaz de causar emociones.

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