Cine – Sherlock Holmes y la desaparición de Sherlock Holmes
Posted on January 22, 2012 by Anomalo
“Es un error capital el teorizar antes de poseer datos. Insensiblemente uno comienza a deformar los hechos para hacerlos encajar en las teorías, en lugar de encajar las teorías en los hechos”. Así explica Sherlock Holmes la base de su método de trabajo en Escándalo en Bohemia. También el sistema creativo de Guy Ritchie si solo cambiamos “datos” o “hechos” por “personajes” y “teorías” por “historias”.
Da igual que hablemos de Sherlock Holmes o Sherlock Holmes: Juego de sombras porque lo que sí es innegable es la coherencia entre ambas películas. En ambos casos, todo gira en torno a la idea de una historia de aventuras ambientada en el Londres de finales del siglo XIX, con mucha acción física, persecuciones, peleas, disparos, explosiones y cámaras lentas. Muchísimas cámaras lentas. En resumen, lo que pretende Guy Ritchie es hacer una película de Guy Ritchie en la época victoriana.
Tengamos esto en mente para entender que la referencia a Sherlock Holmes es tan casual como innecesaria. Con un par de ajustes mínimos de guión, el protagonista podría haber sido el doctor Jeckyll, Phileas Fogg o, mucho más acertadamente, Allan Quatermain. De hecho, el aventurero que vemos en la pantalla tiene más que ver con el explorador de Las minas del rey Salomón que con el detective de Baker Street.
Robert Downey Jr. pensando que no se acordaba de haber firmado para hacer la precuela de El club de la lucha.
Para ser más exactos, la relación más cercana sería con la versión que interpretó Sean Connery en La liga de los caballeros extraordinarios. Las dos entregas de Sherlock Holmes podrían cruzarse en cualquier momento con la fallida adaptación al cine del tebeo de Alan Moore. Ambas juegan a la recreación del Londres victoriano con toques de steampunk y ambas se pasan su referentes literarios por el mismísimo Mr. Hyde para hacer un producto más leve para el gran público.
La diferencia es que al menos las películas con nombre de detective sí que resultan entretenidas y dan dos buenas horas de desconexión mental. Además del estilo de videoclip del director, anima la función la presencia de Robert Downey Jr. en su papel de genio despistado y bon vivant que otras veces se llama Iron Man. Porque es muy buen actor cuando tiene un director capaz de controlarle, pero cuando se le va de las manos la vena histriónica hace el mismo personaje una y otra vez. Muy divertido, eso sí. Tanto que a Hollywood le compensaría darle una franquicia propia: Robert Downey Jr., superhéroe tecnológico, Robert Downey Jr. en el Londres victoriano, Robert Downey Jr. y el arca perdida , Robert Downey Jr. y la piedra filosofal. Y así.
El problema de tener una estrella con tanta gravedad es que arrolla con su presencia a todos los demás. Jude Law está resultón, pero no tiene un personaje tan pulido por la repetición como el de su compañero de reparto ni las películas le dan margen para lucirse con algo más que un par de puñetazos. Lo mismo puede decirse del resto de estereotipados secundarios, desde el paródico Lestrade a la pizpireta Irene Adler encarnada por Rachel McAdams. Sí, “pizpireta”, con eso lo digo todo.

Robert Downey Jr. enseña el sobre en el que le llegó el guión.
El guión, sin ser demasiado ambicioso, hace aguas por todas partes. Pero aguas estancadas, porque ningún personaje evoluciona realmente en ningún momento. También hay escenas que directamente sobran, entre ellas varias en las que Mycroft Holmes solo aguanta el tipo porque lleva la cara, y lo que no es la cara, del gran Stephen Fry.
Vuelvo a recurrir a la sabiduría del Holmes de papel, que justificaba sus teorías más peregrinas diciendo: “cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad”. Y una vez eliminado de la mente del espectador algo tan imposible como que esté viendo al Sherlock Holmes de Conan Doyle o que guiones tan absurdos hayan pasado los cortes de producción, lo que queda, por improbable que parezca, son unas películas si no divertidas, al menos muy entretenidas.
Y eso, mis queridos amigos, es algo tan raro como elemental.
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