Hay dos sitios de los que nadie ha logrado escapar jamás. Uno es la cárcel de Alcatraz y el otro es el interior de una manta una tarde de invierno en la que hay una buena película en el televisor. Aunque es posible que haya excepciones.
Como hace Antena 3 cada semana, hoy propongo una sesión de peli y manta basada en hechos reales: La fuga de Alcatraz. Por una vez, el título no engaña: bajo la dirección de Don Siegel, Clint Eastwood interpreta a un recluso del mítico penal que traza un arriesgado plan de fuga para él y otros compañeros.
Con una trama tan sencilla, la película se puede centrar en construir otras cosas, sobre todo el ambiente de la cárcel. Por supuesto, la recreación de Alcatraz es perfecta. Ayuda que gran parte del metraje se rodara en escenarios naturales. Por otra parte, la necesidad de una buena ambientación no es solo artística, también viene de que la isla y su complejo constituyen un parque nacional en Estados Unidos. Igual que aquí quien más quien menos conoce Segovia por las excursiones de la parroquia, los americanos tienen una idea muy clara de cómo era la prisión.

Carod Rovira mira a Clint hacer pesas durante una excursión en pleno rodaje.
Los decorados no son lo más importante, en cualquier caso. Lo interesante es como el propio ritmo del relato nos introduce en el día a día de los presos y nos pone de su parte. Por ejemplo, los puntos de giro tardan mucho en aparecer. Los puntos de giro son esos acontecimientos que hacen que la historia tome un nuevo rumbo: resulta que la chica estaba casada, la muerte de unos tíos que hacen que el héroe se pueda ir de viaje interestelar con un señor mayor que va en albornoz… esas cosas.
En este caso, la preparación del plan de fuga aparece casi a mitad de la película y no es casual. Los espectadores estamos esperando que se ponga en marcha, que empiecen a ocurrir cosas, pero al fin y al cabo se trata del retrato de la vida en una prisión y el tiempo pasa a un ritmo diferente. Esa morosidad nos pone definitivamente en la piel de los presos que, según la intención del alcaide, solo pueden dedicarse a dejar pasar el tiempo.
Esto no significa que no pase nada hasta entonces. La primera parte de la película va sembrando todos los elementos que después formarán parte tanto de la huída como de los obstáculos para alcanzarla. También nos muestra la rutina de los internos y la deshumanización a la que están sometidos. Si la audiencia tenía dudas de ponerse de parte del personaje de Clint Eastwood, se le pasan después de verle en la celda de castigo y de ser testigos de las arbitrariedades del alcaide. Los funcionarios públicos solo llegan a tal nivel de villanía en las cárceles cinematográficas y en los discursos de Esperanza Aguirre.
Una vez puesto en marcha, el plan de fuga nos sorprende a los espectadores modernos por su ingenio. Hoy en día, que todo se soluciona con el amigo hacker del protagonista y un par de buenas explosiones, somos testigos de unas estratagemas que pondrían verde de envidia al mismísimo MacGyver. Y lo mejor es que saber que está basado en hechos reales, que realmente alguien se enfrentó así al sistema.

Clint valora si es mejor fugarse o darle un mascao al alcaide.
Además de como drama carcelario, la película funciona como cinta de suspense y se nota la mano firme de Don Siegel como director. Que sepamos o intuyamos lo que va a pasar en el conjunto de la película, no impide que saltemos en el sofá cada vez que un guardia está a punto de destapar el plan de los protagonistas.
Pero por encima de cualquier otro elemento de la película está Clint Eastwood. Quizá no sea el mejor actor de la historia, pero es capaz de decir mucho más con un leve temblor de la comisura de la boca que algunos histriones oscarizados con interpretaciones que más bien parecen lecciones de capoeira.
El carisma del bueno de Clint da personalidad hasta el personaje más plano y engancha al espectador desde el primer plano en la prisión. Puedes cambiar de idea durante el trayecto en barco desde el muelle de San Francisco, pero si llegas a Alcatraz con él, estás atrapado.